Primer año de gestión de Alberto Fernández

El 10 de diciembre de 2019, cientos de miles de argentinos se congregaban en la Plaza de Mayo para recibir al nuevo presidente de la Nación, en medio de un clima de esperanza por el fin de los oscuros cuatro años de Mauricio Macri.

El año 2020 será un año inolvidable para la humanidad, pero más aún para los argentinos. Y no por haberse tratado de una época de felicidad o esperanza, sino precisamente por lo contrario. En un contexto de encierro y desazón fruto de la brutal cuarentena que se extendió a lo largo de virtualmente todo un año, la crisis terminal de la economía asola a los argentinos con cada vez más crueldad. Tras la muerte de personalidades fundamentales de la cultura argentina, como Diego Maradona, Pino Solanas, Horacio Fontova, Quino, Alejandro Sabella o Hugo Arana y desgracias inesperadas como la precoz e injusta partida de Braian Toledo, 2020 se hará recordar como un casillero negro en la historia de nuestro país.

Es en ese contexto de incertidumbre y angustia generalizada que transcurre el primer año de gobierno del presidente Alberto Fernández. Nacido a instancias de una negociación desesperada entre sectores diversos del arco político, con el único propósito aparente de terminar con la pesadilla de cuatro años que hundió a los argentinos en una crisis brutal, el Frente de Todos llegó al poder recibido con algarabía por un pueblo argentino deseoso de dejar atrás la amarga experiencia del establishment al poder.

Sin embargo, un año después de ese 10 de diciembre, son escasas las buenas noticias que el balance arroja, sobre todo en lo ateniente a las condiciones de vida de los argentinos. La mitad de los salarios se encuentran debajo de la línea de pobreza, el 44% de los hogares son pobres y la inflación no para de crecer. A finales de noviembre el Indec difundió los valores de las Canasta Básica Total (que mide la línea de pobreza) y Canasta Básica Alimentaria (que mide la línea de indigencia). Según la agencia estadística oficial, que dirige el economista Marco Lavagna, durante el mes de octubre la línea de pobreza para una familia de cuatro miembros fue de $ 49.912 y la línea de indigencia para la misma familia-tipo fue de $ 20.710 mensuales. La aceleración de la inflación está detrás del rápido aumento de estos umbrales. En octubre la inflación minorista fue del 3,8%, pero el rubro “Alimentos y Bebidas no alcohólicas” aumentó 4,8 por ciento, “Prendas de vestir y calzado” aumentó 6,2% y “Equipamiento y Mantenimiento del Hogar” 4,5 por ciento. Son todos rubros muy vinculados al mantenimiento de la condición de “clase media”.

Esta última ha sido la que más costos ha debido pagar a lo largo de un año signado por el coronavirus, pues los programas de ayuda social, como el IFE o la Tarjeta AlimentAr excluyeron a ese sector. Los periódicos aumentos de los combustibles sumados a la inestabilidad cambiaria tampoco han contribuido a facilitar la vida de una clase media que venía muy golpeada por el gobierno de la alianza ahora llamada Juntos por el Cambio. La inflación galopante, que se aceleró durante los últimos meses del año, no auguran un 2021 próspero, sino más bien un año de austeridad y ajuste, a la sazón, año electoral.

Pero existen otras señales que reflejan la política que el Frente de Todos ha delineado en este primer año de su gestión. La reunión del mandatario con el presidente de Israel Benjamín Netanyahu a comienzos de año, el desconocimiento del estatus de los presos políticos y su denominación bajo el eufemismo de “detenciones arbitrarias”, incluso las idas y venidas entre el canciller Felipe Solá y el presidente de la Cámara de Diputados Sergio Massa, respecto del embajador Carlos Raimundi o la exembajadora Alicia Castro en relación con la cuestión Venezuela, señalan una línea ideológica predominante que dista de la política internacional del peronismo pero además, del propio núcleo duro del kirchnerismo que integra la coalición de gobierno. Estas medidas, además, se pueden analizar por fuera de las dos principales excusas que durante todo el año el gobierno ha esgrimido para justificar su propia impericia: la “pesada herencia macrista” y la “pandemia mundial”, esa hipérbole que los medios de comunicación argentinos inventaron para añadir más dramatismo a la cuestión.

La presencia cada vez más predominante del presidente de la Honorable Cámara de Diputados Sergio Massa en los actos de inauguración de las políticas del gobierno, así como el predominio de sus alfiles en las principales carteras del gabinete económico (Massa, sin ir muy lejos, fue quien recibió personalmente a la comitiva del Fondo Monetario Internacional, que arribó en octubre al país para negociar las condiciones de pago de la deuda que el país tiene contraída con ese organismo) dan cuenta de quién manda verdaderamente en el gobierno.

El modelo económico, si bien no comunicado en sus puntos fundamentales por un presidente que afirmó no “creer” en los planes, no parece distar demasiado de una continuidad del modelo que se desarrolló a lo largo de todo el gobierno de la Alianza Cambiemos. La política previsional, cuyo último capítulo ha sido el de la modificación del proyecto de ley que pretende modificar la fórmula de cálculo de las jubilaciones y pensiones, y que el Poder Ejecutivo Nacional pretendía que incluyera aumentos “a cuenta” de los de 2021, es un ejemplo de esa llamativa continuidad. Asimismo, la relación estrecha entre algunos funcionarios, como la ministra de la Mujer, Géneros y Diversidad Elizabeth Gómez Alcorta o la titular del INADI Victoria Donda y el embajador británico Mark Kent ha encendido luces de alarma entre diversos sectores del peronismo.

2020 ha sido un año extenso y complejo, plagado de malas noticias y que se llevó consigo, según las cifras oficiales del Ministerio de Salud de la Nación, las almas de 40.000 argentinos que fallecieron a raíz del coronavirus, más quién sabe cuántos que han quedado en el camino a raíz de la pobreza, la desidia o la depresión. El balance de un gobierno no puede realizarse en tan solo un año, pero este periodo sí basta para hacer un diagnóstico de hacia dónde se proyecta lo que viene. Solo diremos que de ese clima de esperanza y fe en el futuro que se respiraba en una Plaza de Mayo repleta, llena de abrazos y alegría tras cuatro años de zozobra y malos tratos, es poco y nada lo que pervive. Los argentinos estamos mucho más ocupados en el sobrevivir a diario que en realizar balances o perder tiempo en discusiones estériles que solo conducen a más división social y distraen a un puñado de sobreideologizados de un lado y de otro de una grieta artificial que divide a quienes deberían permanecer unidos porque como lo dijo el poeta, esa es la ley primera.

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