Paco Urondo, el poeta y guerrillero que dijo que había tomado la pastilla de cianuro para salvar a sus compañeros

Vivió hasta los 46. “Me tomé la pastilla”, dijo. Y las dos mujeres que estaban con él en medio de una persecución le creyeron e intentaron huir. Pero Urondo no había tomado la píldora de cianuro, murió por otros motivos.

Aquella tarde del jueves 17 de junio Alicia Raboy se había puesto un vestido y tacos altos. Hacía frío en Mendoza, de fondo estaban las nieves eternas de la cordillera, pero ella y su pareja, Francisco “Paco” Urondo, tenían planeado ir al teatro por la noche. Antes de eso debían ir a una cita de control, como se llamaban a los encuentros entre militantes montoneros destinados a constatar que no habían caído en manos enemigas.

Llevaban a su pequeña hija Ángela y tenían que ir a esa cita con Renée “la Turca” Ahualli. Paco y Alicia habían llegado hacía muy poco a Mendoza desde Buenos Aires. En cambio, la tucumana Ahualli les llevaba tres años de ventaja, los suficientes como para conocer la ciudad. Los tres estaban clandestinos y la Octava Brigada de Infantería de Montaña y la policía local habían hecho destrozos en la militancia montonera. La cita de control era a las 18.

Paco iba al volante de un precario Renault 6 junto a Alicia Raboy y Ángela, de solo once meses. Tras recoger a Ahualli, debían encontrarse con otro miembro de Montoneros, Rosario Aníbal Torres. Urondo pasaría con su auto a lo largo de cinco cuadras por la calle Guillermo Molina. Al inicio de esas cinco cuadras que debían recorrer, la recogieron a Ahualli. Urondo le dijo: “Me parece extraño este recorrido”. Paco ya lo había hecho dos veces antes de que Ahualli subiera al Renault 6 y le pidió su opinión al respecto ya que ella estaba baqueana en Mendoza.

Las “ratoneras” se montaban con militares y policías con escenografías fraguadas: un puesto ambulante, obreros municipales reparando una calle, repartidores de mercadería. Paco, además de poeta consagrado y de guionista destacado de cine y televisión, era un militante fogueado en la clandestinidad. Raboy era una ex estudiante de Ingeniería que había elegido el compromiso con todos los riesgos. En cuanto a la “Turca” Ahualli, una tucumana fornida y aguerrida, aunque formada en el mundo del teatro y el arte tucumanos. Sin embargo, no sabía que ese hombre robusto de 46 años era quien era. Lo conocía solo por el seudónimo de ocasión.

La encerrona

El Renault 6, con los cuatro tripulantes fue directo a la boca del lobo. Al empezar a recorrer esas cuadras, no solo vieron hombres jóvenes que resultaban extraños. Ahualli quedó estupefacta al ver un Peugeot 404 rojo, que usaba la organización Montoneros. En su interior, entre dos hombres estaba nada menos que Rosario Aníbal Torres, un miembro de Montoneros. Pese a que llevaba una gorra, Ahualli lo reconoció y se dio cuenta de la situación.

—¡Rajá, está cantada la cita!

Urondo apretó el acelerador. El sprint con un Renault 6 era imposible. Tomó un revólver, le pasó una pistola a la “Turca” y Alicia, para resguardar a la niña de la balacera, la puso en el piso del auto. Los agentes disfrazados los persiguieron en varios autos, entre ellos el Peugeot rojo donde estaba Torres. Rosario Aníbal Torres era puntano, peronista de siempre. Tras haberse desempeñado durante años como chofer, al llegar Elías Adre a la gobernación de San Luis, Torres fue nombrado jefe de Policía en San Martín, su pueblo. Se hizo montonero y fue a Mendoza, donde estaba clandestino.

Un par de días antes de esta furiosa persecución había sido capturado. La tortura fue con mucha más saña porque lo veían como un desertor, como un traidor. Torres dio los datos de la cita de control sin saber siquiera que entregaba a Paco Urondo. Para cerciorarse de que la información era cierta, los integrantes del grupo de tareas lo metieron en el mismo Peugeot rojo que tenía al momento de ser capturado.

El Renault 6 logró hacer varias cuadras. Parecía que zafaban. De repente, Urondo se topó con un Rastrojero, que por casualidad estaba en una esquina de Tucumán y Remedios de Escalada. El volantazo no fue suficiente, “Paco” chocó apenas con el otro vehículo. Eso no era todo. Ahualli había recibido un disparo que le había atravesado las dos piernas y perdía sangre. El infierno se completaba con el llanto de la pequeña Ángela.

Quién era Urondo

Francisco Urondo había nacido en Santa Fe el 10 de enero de 1930. A principios de los años 50, sus versos recibieron la influencia de autores reconocidos, como Juan L. Ortiz y Oliverio Girondo. La revista Poesía Buenos Aires publicó algunos de sus poemas. Se trataba de una publicación de arte vanguardista donde también publicaban autores como Alejandra Pizarnik y Leónidas Lamborghini. Cuando tenía 27 años fue nombrado director de Arte Contemporáneo de la Universidad Nacional del Litoral y al año entrante, al llegar Carlos Sylvestre Begnis a la gobernación de Santa Fe, asumió el cargo de Director General de Cultura de la provincia.

Incursionó en el cine de la mano del director Rodolfo Kuhn en la mítica película Pajarito Gómez y luego hizo adaptación para televisión de obras emblemáticas de la literatura universal como Rojo y Negro (de Stendhal) y Madame Bovary (de Flaubert). Urondo empezó también a escribir en semanarios como Primera Plana y Confirmado.

Era un hombre de trascendencia pública que vivió con intensidad los años 70: la Revolución Cubana, la Guerra de Vietnam o el Mayo Francés, por mencionar algunos acontecimientos que marcaron a una generación. En Buenos Aires, en ese contexto, se sumó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y en plena dictadura de Alejandro Agustín Lanusse fue tomado prisionero. Cuando Julio Cortázar se enteró en París de la detención de Urondo pidió permiso a la dictadura de Lanusse para visitarlo. Pero fue infructuoso, Cortázar no fue autorizado.

Los fusilamientos de Trelew —agosto de 1972— tuvieron en Urondo a una pluma muy particular. Pudo compartir pabellón en la cárcel de Villa Devoto con Alberto Camps y René Haidar quienes, junto a María Antonia Berger, sobrevivieron a las balas en la base naval. La Patria fusilada, un libro de 140 páginas, surgido de una larga mateada en una celda -de nueve de la noche a tres de la mañana- donde los tres sobrevivientes le contaron a Urondo todos los detalles de lo sucedido aquel 22 de agosto de 1972 en la Base Almirante Zar de Trelew, donde los muertos fueron 16. La primera edición de La Patria fusilada salió exactamente un año después de aquellos fusilamientos. Con el peronismo en el gobierno y con Urondo libre. En ese momento, las FAR se une con Montoneros y Urondo se encuadra en esa fusión.

Uno de los poemas escrito por Urondo en Devoto decía: “Del otro lado de la reja está la realidad, de/ este lado de la reja también está/ la realidad; la única irreal es la reja”.

La muerte

Urondo no quería volver a la irrealidad de las rejas. Ante ese infierno ensordecedor frenó y fue muy directo.

—Me tomé “la pastilla” y me siento mal. Váyanse.

Tan pequeña como letal, la píldora de cianuro de potasio era algo que llevaban los miembros de Montoneros para evitarse tanto las torturas como brindar información sensible de los movimientos de otros guerrilleros. Sabían que, hablaran o no, tras los tormentos llegaba la desaparición forzada o un “enfrentamiento” fraguado. No había posibilidad de contradecir al jefe. El hecho parecía consumado. A “Paco” debían quedarle unos segundos de vida.

Alicia tomó en sus brazos a la pequeña Ángela y alcanzó a recorrer unos metros. Vio venir a los agentes disfrazados y apenas atinó a dejar a su hija en manos de un hombre que estaba en un corralón de materiales y veía esa secuencia petrificado. Los del grupo de tareas capturaron a Alicia y la metieron en un auto a los golpes. En cuanto a la “Turca”, herida y en medio de semejante concentración de policías y militares, no tenía muchas chances de escabullirse.

A contrapelo de las estadísticas

Renée Ahualli corrió hacia ninguna parte. Un vecino del lugar, a quien nunca más volvió a ver, fue una suerte de ángel de la guarda.

—Por ahí –le señaló.

Era una callecita oculta. No había en ella ningún miembro del grupo de tareas. La bala que le había atravesado las piernas todavía le hacía brotar sangre. Entonces, otro dato inesperado: de la callecita llegó a un descampado que tenía unos piletones. Allí se lavó. Intentó disimular las heridas y con la adrenalina que tenía, pudo soportar el dolor. Se acercó a una parada de trolebús y en unos minutos estaba sentada como una mujer que, pasadas las seis de la tarde, vuelve del trabajo. De inmediato subieron al trolebús soldados de uniforme de combate sin reparar en la “Turca”. El Trole avanzó y ella vio de nuevo al Peugeot con Torres en su interior, con los mismos dos agentes disfrazados que había visto un rato antes.

Logró volver a su casa, donde estaban su hermana y otro miembro de Montoneros. La desinfectaron, la vendaron y la dejaron descansar. Al día siguiente, su hermana fue a la estación terminal de trenes y se topó con carteles que decían “buscada”. Cualquiera que mirara la foto y recordara que Ahualli vivía en esa casa, su buena fortuna terminaba ipso facto.

La pastilla de cianuro que no fue

Ángela Urondo tiene 44 años. Cuando tenía once meses, los del grupo de tareas vieron cuando su madre la entregaba a ese hombre en el corralón y sin miramientos se llevaron a la pequeña. Horas después, en la madrugada del viernes 18 de junio de 1976, la dejaron en la Casa Cuna.

Al cabo de unos días, la familia de Alicia Raboy recibió un llamado donde le informaban del lugar donde estaba Ángela. La fueron a buscar. El 28 de junio cumplió un año. Pasaron 18 más hasta que supo la verdad de lo que había sucedido aquel jueves 17 de junio. Las llamadas mentiras piadosas son mentiras. Por sentimientos de miedo, de culpa, por desconcierto. Simplemente le ocultaron la verdadera identidad de sus padres. En la familia hablaban de “un accidente fatal”.

Ángela Urondo Raboy escribe, ilustra, tiene pasión por el arte y no le gusta que la encasillen con tal o cual oficio o profesión. Hizo todo lo necesario para conocer la historia de sus padres, para enterarse de que su madre había sido llevada a los golpes y que esa chica que había estudiado Ingeniería y que luego había conocido a Paco en el diario Noticias en 1973, es una detenida desaparecida.

A diferencia de Alicia, el cuerpo de Paco sí fue llevado a la morgue. Los forenses dicen que los cuerpos hablan. Lo que no siempre pueden saber es que algunos siguen hablando años después.

Roberto Bringer fue profesor de Medicina Legal en la Universidad Nacional de Cuyo. Además integró el Cuerpo Médico Forense.

Bringer fue concluyente: “En su cuerpo no había rastros de cianuro. Los cadáveres con envenenamiento por esa sustancia tienen un olor particular y toman un color rosado, muy diferente del lívido que presentaba la víctima”. La realidad es que Urondo, según el propio Bringer, presentaba una fractura por hundimiento de cráneo. Cuando tuvo que declarar ante el juicio que se llevó a cabo en 2011, el médico forense dijo que debía tratarse de un fuertísimo golpe dado por la culata de un arma. Los asesinos partieron una cabeza muy especial.

La Turca

Renée Ahualli pudo tomar un tren en una estación distante de la terminal. El teatro le había dado, entre otras habilidades, la del maquillaje. Pintada, teñida, sin el dolor de las heridas, viajó hasta Buenos Aires donde se encontró con su compañero, Emilio “Tincho” Assales, y su hija. Tincho era más indisimulable que Renée: de contextura física imponente y con pasado de suboficial de la Armada. Con “Tincho” y “la Turca” compartía actividades Rosario Aníbal Torres, el hombre que había brindado los datos que terminaron con la muerte de Urondo y la desaparición de Alicia Raboy. Por eso, se habían mudado a Buenos Aires de inmediato.

Ahualli no pudo disfrutar mucho de su compañero. En enero de 1977, Assales fue capturado y llevado a la ESMA. Con la llegada de la democracia, “La Turca” volvió a su Tucumán natal. Allí dio clases en la Universidad Nacional. Cuando comenzaron los juicios de lesa humanidad, pudo dar testimonio en Mendoza tanto de la muerte de Paco Urondo como de la desaparición de Alicia Raboy. En los tribunales de Comodoro Py también brindó su registro del día en que se llevaron a “Tincho” Assales.

“En el año 1993 fui convocada para filmar la película Paco Urondo. La Palabra Justa y allí me enteré de cuál era la calle por la que me escapé, que para nada era cerrada. También conocí al vecino Carlitos, que fue el que me indicó aquella tarde por dónde fugar. Él mismo me contó que quiso defender a Alicia, que era maltratada por hombres de civil y que lo apuntaron y le dijeron que no se metiera, que esa mujer había robado a la beba que rescataron en el corralón”, recuerda hoy Ahualli para Infobae.

El recuerdo de Juan Gelman

El poeta y también militante Juan Gelman lo recordó con una frase que sintetiza el mundo lírico y a la vez de acción que compartieron muchos de su generación: “No hubo abismos entre experiencia y poesía para Urondo. Corregía mucho sus poemas, pero supo que el único modo verdadero que un poeta tiene de corregir su obra es corregirse a sí mismo, buscar los caminos que van del misterio de la lengua al misterio de la gente”.

Por Eduardo Anguita

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