Interpretación del Restaurador del 25 de Mayo de 1810

En el 210°. aniversario de la Revolución de Mayo, recordamos la atinada interpretación que el gobernador Juan Manuel de Rosas, el Restaurador de las Leyes, expresó allí por 1836 acerca del primer gobierno patrio.

El 13 de mayo de 1810, los habitantes de Buenos Aires se sacudieron con una noticia alarmante: la Junta Central de Sevilla, último bastión de la Corona española que aún resistía la invasión francesa, había caído a manos de los ejércitos napoleónicos, que desde hacía ya dos años invadían la madre patria.

El virrey Cisneros advirtió de inmediato lo delicado de su situación: la Junta que lo había nombrado ya no existía. Pronto los criollos convocaron a un Cabildo Abierto para discutir los pasos que debían tomar. Los días que siguieron fueron febriles.

El 22 de mayo, “la parte más sana y principal del vecindario” concurrió al Cabildo. Las acaloradas discusiones se extendieron durante 15 horas, tras las cuales se decidió deponer al virrey y delegar el poder en el Cabildo. Pero el espíritu de Mayo se vio inesperadamente frustrado cuando el 24 el Cabildo dio su golpe contrarrevolucionario y nombró una junta presidida por el virrey depuesto, algo inadmisible para los partidarios del cambio.

El 25 de mayo, las protestas eran ya incontenibles. La multitud no tardó en ocupar la Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo) e imponer su voluntad. Nacía así la Junta Provisoria Gubernativa del Río de la Plata, conocida como Primera Junta.

Recordamos aquellos sucesos con una arenga pública que pronunció Juan Manuel de Rosas en mayo de 1836. La curiosa y conveniente reinterpretación que hace el entonces gobernador de Buenos Aires de la Revolución de Mayo no tiene desperdicio. El autodenominado “restaurador de las leyes”, obsesionado por el orden y espantado por la sombra de la anarquía, se refirió al acto fundador de nuestra nacionalidad como una muestra “de lealtad y fidelidad a la nación española y a su desgraciado monarca” y, aprovechando la ocasión para llevar agua para su molino, instaba a renovar “aquellos nobles sentimientos de orden, de lealtad y de fidelidad que hace nuestra gloria, para ejercerlos con valor heroico en sostén y defensa de la causa nacional de la Federación”.

Qué grande, Señores, ¡y qué plausible debe ser para todo argentino este día consagrado por la nación para festejar el primer acto de soberanía popular que ejerció este gran pueblo en mayo del célebre año 1810! ¡Y cuán glorioso es para los hijos de Buenos Aires haber sido los primeros en levantar la voz con un orden y con una dignidad sin ejemplo! No para sublevarnos contra las autoridades legítimas constituidas, sino para suplir la falta de las que, acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para sublevarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad de la que había sido despojado por un acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligan a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito de su desgracia. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella…

Estos, Señores, fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo abierto celebrado en esta ciudad el 22 de mayo de 1810, cuyo acto debería grabarse en láminas de oro para honra y gloria eterna del pueblo porteño… pero ¡Ah!… ¡Quién lo hubiera creído! Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y de fidelidad a la Nación Española y a su desgraciado monarca; un acto que ejercido en otros pueblos de España con menos dignidad y nobleza, mereció los mayores elogios, fue interpretado en nosotros malignamente como una rebelión disfrazada…

Y he aquí, señores, otra circunstancia que realza sobremanera la gloria del pueblo argentino, pues que ofendidos con tamaña ingratitud, hostigados y perseguidos de muerte por el gobierno español, perseveramos siete años en aquella noble resolución de sufrir males sobre males, sin esperanza de ver el fin; y profundamente conmovidos del  triste espectáculo que presentaba esta tierra de bendición anegada en nuestra sangre inocente con ferocidad indecible por quienes debían economizarla aún más que la suya propia, nos pusimos en manos de la Divina Providencia, y confiando en su infinita bondad y justicia, tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los reyes de España y de otra dominación extranjera.

El cielo, señores, oyó nuestras súplicas. El cielo premió aquel constante amor al orden establecido, que había excitado hasta entonces nuestro valor, avivado nuestra lealtad y fortalecido nuestra fidelidad para no separarnos de la dependencia de los reyes de España, a pesar de la negra ingratitud con que estaba empeñada la Corte de Madrid en asolar nuestro país. Sea, pues, nuestro regocijo tal cual lo manifestáis en las felicitaciones que acabáis de dirigir al gobierno en tan fausto día; pero sea renovando aquellos nobles sentimientos de orden, de lealtad y de fidelidad que hace nuestra gloria, para ejercerlos con valor heroico en sostén y defensa de la causa nacional de la Federación que ha proclamado toda la república, de esa causa popular bajo cuyos auspicios en medio de las dulzuras de la paz y de la tranquilidad podemos dirigir nuestras alabanzas al Todopoderoso, y exclamar, llenos de entusiasmo y alegría:

¡Viva el 25 de Mayo!

¡Viva Confederación Argentina!

¡Mueran los impíos unitarios!

(Extraído de elhistoriador.com)

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